La morosidad bancaria en México aumentó en el último año, en medio de un entorno de inflación persistente, tasas de interés elevadas y una desaceleración real de las remesas, factores que presionan el ingreso disponible de los hogares.
“El deterioro financiero no comienza cuando alguien deja de pagar; comienza mucho antes, cuando el ingreso pierde fuerza y el crédito deja de ser una herramienta para convertirse en un puente cada vez más frágil”, advirtió a EFE este martes el economista Manuel Herrejón Suárez.
El consultor señaló que datos de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV) muestran que el índice de morosidad pasó de 2.03 % a 2.22 % en los últimos 12 meses, un avance que, aunque moderado, refleja un incremento gradual en el incumplimiento de pagos dentro del sistema financiero.
Detalló que el deterioro se observa con mayor claridad en tarjetas de crédito, financiamiento personal y préstamos vinculados al gasto cotidiano de las familias mexicanas.
Herrejón advirtió que el índice de morosidad ajustado, que incorpora castigos y quitas, también muestra presiones adicionales, lo que sugiere que parte de los créditos otorgados difícilmente se recuperarán en su totalidad.
“El problema no es únicamente quién deja de pagar, sino cuánto del crédito ya no se va a recuperar”, apuntó.
El contexto económico ha añadido presión sobre los hogares porque la inflación se mantiene por encima del objetivo permanente del Banco de México, lo que afecta el poder adquisitivo y eleva el costo de bienes y servicios esenciales como alimentos, transporte y vivienda.
Al cierre de abril, la inflación general en el país se ubicó en 4.45 %, una moderación tras los aumentos de los primeros tres meses del año.
A ello se suma el relajamiento de las remesas, que durante años funcionaron como “amortiguadores financieros” para millones de familias mexicanas.
Aunque México aún recibe niveles altos de remesas, el efecto inflacionario reduce parte de su capacidad real de consumo, mientras la apreciación del peso abona a su deterioro.
“Menor poder adquisitivo y menor flujo externo generan presión directa sobre el ingreso disponible. Primero se paga lo indispensable y el crédito comienza a competir por ese espacio”, consideró Herrejón.
El especialista añadió que el aumento de la morosidad no debe interpretarse como una crisis bancaria, aunque sí como una señal de presión creciente en la economía doméstica.
No obstante, contrastó que la banca mexicana mantiene niveles de capitalización y reservas más sólidos que en episodios de volatilidad como la crisis de 1994 o la crisis financiera internacional de 2008.
El fenómeno también coincide con tasas de interés todavía elevadas, que encarecen el financiamiento revolvente, las tarjetas de crédito y los préstamos personales.
En este contexto se inscribe la última decisión del Banxico, que definió que la tasa de referencia se quede en 6.5% el resto del año, en línea con el consenso de analistas privados.
El especialista concluyó que la morosidad será uno de los indicadores a seguir en los próximos meses, porque “funciona como un termómetro de la capacidad real de las familias para sostener sus compromisos financieros”.












